Cuando llegues a Guantánamo, busca La Loma del Chivo. Literalmente le dio nombre una elevación donde pastaban los cabritos, pero su verdadera esencia se la concedió el ritmo. El amplio barrio, de más de siete mil habitantes donde se mezcla la africanía en Cuba, conserva la tradición de la Tumba francesa, la rumba de cajón, la conga, el son  y el changüí.

En sus predios nacieron dos grandes músicos: Chito Latamblé y Elio Revé y aunque cada una de sus relevantes tradiciones musicales lo merecen, sólo una, La Tumba francesa, fue declarada Primera Obra Maestra Cubana del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por la UNESCO, como una de las expresiones músico danzarias más antiguas y trascendentales de la cultura cubana y universal.

Tradicionalmente, La Loma del Chivo ha sido uno de los barrios más ricos de la cultura guantanamera, donde las costumbres de la emigración franco haitiano y anglófona, enriquecieron su cultura popular. Así se expresa tanto en sus bailes, la música y costumbres alimentarías. No faltan las prácticas de todos los rituales: brujería, santería, espiritismo, como parte del carácter espiritual e histórico de las familias.

Origen.

La ola migratoria de la Revolución Haitiana, escurrió sus aguas en Cuba. Con este primer grupo de inmigrantes se estableció un puente cultural con la llegada -en grandes proporciones- de braceros haitianos en los primeros treinta años del siglo XX, hacia la parte geográficamente más próxima, la oriental de la mayor de las Antillas.

Aunque para ser exactos, hubo dos momentos importantes en el proceso migratorio: el primero fue a finales del siglo XVIII, tras desencadenarse en Haití una Revolución encabezada por Toussaint L´Ouverture, el segundo aparece en el siglo pasado, por la necesidad de brazos para las plantaciones cañeras.

Llegaron con sus amos, quienes solicitaron el derecho de ciudadanía, para establecerse primero en la franja montañosa de la Sierra Maestra y la cordillera de Nipe-Sagua-Baracoa, actuales territorios de Santiago, Holguín y Guantánamo, este último en el extremo más oriental de Cuba.

En la más importante, la primera oleada, los emigrantes traían consigo experiencias en el manejo de cafetales e ingenios de azúcar, que proporcionó un beneficio económico y cultural para la región. Ello sucede, no sin la extrema vigilancia de los gobernantes españoles, para resguardar a Cuba de todo contagio revolucionario. No fue sino hacia finales del año 1791 cuando aparecieron en el puerto de Baracoa los primeros refugiados conocidos.

Atraídos también por la sacarocracia habanera que, como se sabe, había decidido eliminar al Saint-Domingue francés del mercado mundial del azúcar, igualmente llegaron a Cuba -entre 1795 y 1798- importantes contingentes de técnicos, cuadros de plantación, hacendados, administradores, mayorales y artesanos de varios oficios, vinculados a la producción azucarera y cafetalera, que se desparramaron por la isla, buscando ser la emigración útil.

A la par lo hicieron nuevos refugiados -civiles y militares- colonos anglófonos, miles de colonos franceses y españoles, necesitados de huir cuando se produjo la invasión de la parte oriental de Saint-Domingue por Toussaint-Louverture en 1801. Tanto La Habana y Matanzas en el oeste de Cuba, como Trinidad y Puerto Príncipe en el centro, y con mayor razón -por la proximidad- Santiago de Cuba y Guantánamo, ofrecieron un seguro asilo a todos.

Se cuenta además el recalo del derrotado cuerpo expedicionario francés a lo largo del año 1803, con la evacuación de miles de supervivientes de la tormenta y persecución inglesa en el mar. Cuba será el refugio obligado para todos ellos.

Según refiere el Centro de Estudios y de Investigaciones Caribeñas, en carta del gobernador de la parte oriental de Cuba, Sebastián Kindelán, fechada el 31 de diciembre de 1803, señalaba que en los dos últimos meses del mismo año, habían desembarcado por el puerto de Santiago de Cuba un total de 18.213 personas exactamente, a las que se debe agregar un sinnúmero de soldados y oficiales desbandados. Lo que continuó ocurriendo varios años siguientes, después de la proclamación de la independencia de Haití.

Durante los 15 años de conflicto, miles de supervivientes se habían trasladado a Cuba. Algunos refieren que 30.000 refugiados -unos sólo usaron a Cuba como retiro temporal-, además de colonos blancos, grupo de mulatos y negros franceses libres o esclavos.

La gran mayoría de los franceses, o sea más de 9.000 personas, se encontraban en la zona oriental. En Baracoa, por ejemplo, alcanzaban un 30% de la población, con 1.700 personas. La historia refiere la marcada tendencia a establecer relaciones matrimoniales, entre franceses y cubanas.

Convencidas de la utilidad de esa emigración, las autoridades españolas permitieron la inserción de los refugiados franceses. Junto a los ricos hacendados, que habían podido traer consigo a sus esclavos, vino gente de escasos recursos, experimentados en las artes mecánicas, el desarrollo artesanal y agrícola.

Los dueños de cafetales fueron los más numerosos. De esta manera, la presencia francesa fue significativa en el despegue de la economía de plantación cubana. Cuentan, 115 cafetales franceses en toda la extensión al este y al sur de La Habana, un número superior a los 200 en los alrededores de Santiago de Cuba y Guantánamo. Incluso en el centro de la isla de tradición ganadera, los franceses fundaron en poco tiempo,  no menos de 20 cafetales.

Algunos refugiados se vieron en la necesidad de firmar contratos con propietarios cubanos o formar sociedades entre sí, para dar curso a sus proyectos. La más famosa de aquellas fue la hizo el francés Louis de Bellegarde, quien compró en 1803, las tierras del hato Santa Catalina, cuyo fomento dio origen a la ciudad de Guantánamo.

En el año 1819, José María Cienfuegos Jovellanos, Capitán General de la Isla de Cuba, envió a un ingeniero del Ejército Español, el coronel Pió de la Cruz, a estudiar la región para la fundación del pueblo. En el informe expresa su admiración por el “Saltadero”, debido a los encantos geográficos, ingenios, cafetales, cultivos y otros puntos con peso en la economía local como las áreas ganaderas. Así propone la creación del nuevo poblado con centro demográfico en “Saltadero”, punto del antiguo hato de Santa Catalina que había sido comprado por los franceses en 1802.

De Haití a Guantánamo.

Donde se afincaron los franceses, la producción cafetalera se incrementó rápidamente gracias a la aplicación de la tecnología avanzada que éstos poseían y a la explotación férrea a la que sometían a la mano de obra esclava, lo que dio lugar al cimarronaje en las zonas montañosas aledañas a los cafetales franceses en el oriente cubano. Los esclavos rebeldes y fugitivos, llevaban una vida de libertad en rincones apartados conocidos como palenques o quilombos.

La relación que se estableció entre ambas islas en el siglo XVIII, no fue solo para dar refugio a los enemigos de la abolición de la esclavitud en Haití o servir de auxilio económico las tropas francesas; fue también un vínculo de hermandad a través del cual Toussaint- Louverture, líder del movimiento de liberación, pretendía liberar a los esclavos de la isla de Cuba.

La intensión no se concretó en ese momento, aunque sirvió de ejemplo a la nación cubana. En los estudios del notable antropólogo cubano Don Fernando Ortiz, señala que es posible nombrar el siglo XVIII como “un siglo de migraciones haitianas hacia Cuba”.

Coincide Ortiz, en que fueron dos grandes movimientos migratorios: uno en 1791 fruto de la Revolución haitiana y un segundo en el siglo XX, movidos por la demanda de fuerza de trabajo para las plantaciones de caña de azúcar y el cultivo de café y algodón, muchos haitianos se dirigieron hacia la mayor de las Antillas.

En el siglo XX, la migración de haitianos persistió y de 1902 a 1913 llegaron a Cuba alrededor de 190 000 haitianos y entre 1913 y 1930 un aproximado de 500 000. Casi todos se asentaron en Guantánamo y Santiago de Cuba, y constituían el 40 % del total de emigrantes que arribaron a las costas cubanas en ese período.

La tumba Francesa

El toque del tambor te hace seguir el compás. Aun hoy, los abuelos son negros de piel, cantando en creole y español con sonrisa amplia. Vestidos con refinamiento, mostrando reverencias y movimientos propios de una danza de Palacio.

Desde su llegada a Cuba, el comportamiento de blancos y mulatos pobres de Haití, imitaba durante sus fiestas a las elegantes maneras de la corte de Versalles, de las cuales eran participes los esclavos.

Entre el criollo haitiano y el “patois cubano”, quedó establecida hasta ahora la interrelación del idioma. Entonces, en las montañas orientales, los esclavos asumieron el creole o el francés -y no el español- como lengua de comunicación.

Les impusieron el comportamiento social y cultural de sus amos, que poco tenían que ver con España. La influencia gala, formó parte de sus modelos de vestir, comer, apreciar las artes, relacionarse entre sí. La “asimilación” de estas, da lugar a las llamadas Sociedades de Tumba francesa – aparente recreo y ayuda mutua- y todo un símbolo de tenaz resistencia de un grupo poblacional de origen africano, que ostentaba el apelativo de “francés”.

En Guantánamo existieron más de doce “Tumbas francesas”, localizadas no sólo en la ciudad, sino también en algunas zonas rurales. Resaltan: San Juan Bautista, La Caridad, San José de la Cidra, Las Mercedes (Yateras), San Miguel (Argeo Martínez), El Bayameso de la Caridad (Yateras), Santa Isabel (Honduras), San Antonio Redó (Manuel Tames) y hubo otras en Casimba Abajo y Cigual.

Los cantos de la Tumba francesa Pompadour-Santa Catalina de Ricci, en Guantánamo, adoptan diferentes matices de acuerdo con la ocasión. De remembranza, épicos, humorísticos y dedicados a los santos, con profundo sentimiento. Son rituales cantados que provocan la atención del público, mientras la música es la compañía de la poesía que transmite el composé.

La investigación científica, «Análisis de los cantos en tumba francesa de Guantánamo», propone un análisis de los textos cantados de la Tumba francesa Pompadour Santa Catalina de Ricci, para determinar su funcionabilidad y proyección social.

Así se conoce que hay cantos para resumir encuentros entre las tumbas y llamados a la faena, la recogida de café: «Campeón de Oriente» (Ernestina Lamothe), «Champyon Oriente» (Ibraín Baqué), «Gran Anivèrse» (Emiliano Castillo) y «An nou ranmase kafe» (Vamos a recoger café). Este último convoca a los vasallos -término utilizado en la sociedad por la diferenciación de rangos- para recoger café en San Fernando, Baracoa y Caimanera.

En los textos de sus evocaciones, resalta la función social indiscutible que tienen las lenguas. Precisamente por ello, los miembros de la Sociedad Pompadour, evocan los años en que eran cantados sólo en creole y éste era utilizado en conversaciones comunes.

Enseñanza

Así era transmitido de generación en generación, en los cafetales donde trabajaban los haitianos, africanos y sus descendientes nacidos en Cuba, cantados en “lengua materna” durante la recogida del grano, lo que posibilitaba que no se perdiera la tradición.

Aunque para los más jóvenes es lengua muerta y quizá les resulta difícil entender algunos de los cantos -mezclas entre el español y el patois- la reina, Justina Ofelia Jarrosay insistió en la necesidad de la enseñanza y la transmisión del creole.

En las fiestas, el creole no impide la comunicación, afirmaba. Para su rescate, se realizan talleres por parte de la directiva de la sociedad y de la Unesco. Los jóvenes reciben entrenamiento en el arte de la improvisación vocal, la ejecución de ritmos musicales de la tumba y la actualización de sus temas.

“La Sociedad constituye un fenómeno cultural, que atrae por sus cantos, bailes, toques y vestimenta. Por lo que sus integrantes deben dominar todo lo que en ella acontece, para un mejor desenvolvimiento durante las fiestas”, confirmaba Emiliano Castillo -(Chichi)- miembro de la Tumba francesa Pompadour, enfatizando que no se pueden ver los cantos por separado de todo el movimiento cultural.

Aunque algunos jóvenes no dominan la lengua originaria, sí los movimientos, gestos y toques. Cada uno lleva el paso, eso que alguien llama, una imitación burlesca de los bailes franceses. Todo es válido de recrear, a partir de los conocimientos tradicionales. Aun es fuerte la presencia de términos en creole en sus cantos y en el baile, llamado de salón.

Estudiado por el Consejo de las Casas de Cultura en Cuba, refieren que en la Tumba Francesa se baila el “masón”, el “yubá” y el “fronté”.

El “masón” es un baile de pareja que imita al de los amos, uno comienza a cantar una alabanza al “masón”, mientras un coro de mujeres lo secunda con el estribillo.

El composé, canta y compone, organiza el coro y avisa al “catá”. Este indica que comienza la música, mientras los bailarines se emparejan con evoluciones. Puedes ver entonces, el señorial paseo en filas, cadenas en espiral, ruedas al centro y cambios a la señal de un silbato.

Para el “yubá”, a diferencia de la participación de las parejas, se incluyen bailadores individuales que danzan en el centro. El resto aclama en círculo, mientras un bailarín desde el mismo medio, establece una controversia con la tumba principal o “premier”.

Ahí viene el “fronté”, el clímax. Los bailadores siguen el paso, al compás de los tambores que no cesan de tocar. El ritmo ascendente, es adornado con la evolución de los bailarines, mientras atan sus pañuelos al pecho del bailador. El colorido lienzo pasa del hombro a la cintura, como caricia a través del cuello y el antebrazo. Es su modo de desearle éxito en reverencia.

El cuerpo recto de los bailarines, muestra una hidalguía inusual en cualquier otra representación. La cabeza se mueve a un lado y a otro, sincronizada con los pies. Esbeltos, envuelven con el ritmo y la elegancia, la herencia que los trajo aquí.

Es el “minuet” y el “rigodón”, entre otros bailes de la aristocracia francesa, transfigurados por los instrumentos de origen africano y pasados por el ardiente ritmo de la sangre cubana.

La Tumba Francesa “Santa Catalina de Ricci” surge en honor a la patrona de la ciudad de Guantánamo, el 30 de diciembre de 1905, en la legendaria “Loma del Chivo”. La Asociación Cultural, fue merecedora además, de la Beca de la Cultura Popular Tradicional de Cuba, honor y bien material que conserva el patrimonio cultural intangible y la memoria histórica.

Tomado de TeleSur