Cuando se visita la antigua hacienda cafetalera La Isabelica, convertida en museo el 18 de mayo de 1961 en un abrupto paraje de la Gran Piedra, en la periferia de la ciudad de Santiago de Cuba, hay quienes imaginariamente ven la silueta de la esclava Isabel María de un lugar a otro de la sólida casona, construida casi como una fortaleza.

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Y sucede así cuando las museólogas se las arreglan en su narración para recrear esa historia y remontarse siglos atrás y motivar a los que llegan a esa altura.

Del colono francés que fomentó el cafetal a principios del siglo XIX -Víctor Constantin Couzo- cuentan que mantuvo una relación amorosa con una doméstica, por eso el nombre que identifica el lugar hasta nuestros días.

Muchas leyendas sobre la pareja corrieron en ese lomerío a partir de las vivencias contadas por esclavos de la dotación y luego descendientes que habitaron en los alrededores de la Gran Piedra, a mil 200 metros sobre el nivel del mar.

Se asegura que Isabel María era una mestiza muy hermosa, traída por Víctor cuando emigró de la vecina Haití para fijar residencia en el apartado lugar y erigir esa mansión.

La nombró La Isabelica y fue refugio de un amor censurado en la época por otros colonos, dada la diferencia de raza y estatus social.

Fue la única pareja que se le conoció y ella se ocupaba de todo lo de la casa, en particular de la atención de Víctor.

A diferencia de otras haciendas en la Gran Piedra, que celebraban reuniones familiares o entre amigos, en La Isabelica la vida transcurrió sin esos encuentros sociales por los motivos antes mencionados.

Solo se hablaba de cafetales, secaderos y esclavos, esos que con su sudor la hicieron prosperar y dejaron costumbres, creencias y tradiciones.

Otros cafetales se levantaron en la zona como La Siberia y la Gran Sofía pero, sin dudas, La Isabelica es la huella más auténtica y conservada de la que fuera propiedad de Víctor Constantin Couzo.

De Isabel María se siguen tejiendo historias y al mismo tiempo continúan las investigaciones de los especialistas del museo.

El eminente investigador santiaguero Fernando Boytel Jambú fue el principal impulsor de su rescate, a lo cual se dedicó en cuerpo y alma, y tuvo el apoyo del Comandante en Jefe Fidel Castro.
En 1961, el 18 de mayo, precisamente cuando ahora se celebra el Día Internacional de los Museos, fue inaugurado.

De dos niveles, la casona mantuvo sus muros de piedra, secaderos de café en forma de terrazas, el molino circular movido por caballos denominado tahona, almacén, vajillas, instrumentos de castigo como cepos y grilletes y otros que remontan a los visitantes a aquellos tiempos.

Conforman la vivienda señorial una sala-comedor; sala, biblioteca y dormitorio, espacios donde se teje la fantasía del amor y fidelidad que unieron a Víctor e Isabel María.
Fue un sentimiento no exhibido a la vista de todos pero cultivado como las plantaciones de café por el hacendado galo.

Ella vivió y murió siendo esclava, pero asumió con dedicación el rol de señora de «La Isabelica».

Tiene en su fachada la placa de la declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco del Paisaje Arqueológico de las primeras plantaciones cafetaleras del sudeste de Cuba, el 29 de noviembre del 2000.

Igualmente la de Monumento Nacional desde el 30 de diciembre de 1991.

Ambos reconocimientos dan fe de sus valores patrimoniales y la interesante historia escrita por emigrantes franceses en el Oriente cubano y dentro de esta amores como el de Víctor e Isabel María.

Escrito por Marlene Montoya Maza y publicado en la Agencia Cubana de Noticias