Durante la totalidad de los siglos XIX y XX se asentó en Cuba una potente economía agro-exportadora especializada en la producción de azúcar. En función de dicha industria se desarrollaron varias ciudades costeras y se habilitaron puertos destinados específicamente a los embarques de los productos azucareros. En dos etapas bien definidas de su historia, también el café llegó a desempeñar un papel destacado en el esquema exportador de la Isla, aunque sin lograr la continuidad y el progresivo crecimiento que caracterizó al azúcar. Los mayores éxitos de la producción y exportación del fruto cafetalero en Cuba fueron alcanzados durante la primera mitad del siglo XIX y, posteriormente, durante los años transcurridos entre 1934 y la década de los cincuenta del siglo XX.

En la primera etapa (1800-1850), los puertos exportadores del aromático grano fueron precisamente los de las aquellas ciudades cuyos equipamientos portuarios habían servido hasta entonces para los embarques del dulce, como eran los de La Habana, Matanzas, Casilda (Trinidad), o Santiago de CubaI. En la segunda etapa de auge cafetalero (1934-1959), las exportaciones de café se realizaron preferentemente desde puertos situados en las provincias centrales y orientales, aprovechando las mismas infraestructuras que había sido previamente instalada para usos azucareros y carga general. A partir de estas afirmaciones
puede entenderse que, tanto la producción como la exportación cafetalera, no lograron aportar elementos determinantes al paisaje cultural de las ciudades portuarias, como sí lo había hecho constantemente el azúcar. Fueron precisamente los ferrocarriles, almacenes, muelles y sociedades mercantiles que habían surgido y se desarrollaron a partir de las actividades relacionadas con el dulce producto, los mismos equipamientos que debieron servir de apoyo a las exportaciones de café durante ambas etapas de auge.

Desde su ingreso al País, tanto el cultivo de la planta del café, como la aromática infusión que se obtiene de su fruto, fueron ocupando espacios cada vez mayores en la agricultura y en las costumbres de la población cubana, hasta convertirse casi en un signo de identidad en la vida cotidiana de campos, pueblos y ciudades, relacionado directamente con la costumbre de beber café varias veces al día. Durante el primer cuarto del siglo XX la población cubana creció, y con ello la demanda de café. Sin embargo, la participación del grano producido localmente en el abastecimiento interno del País decayó profundamente. Dicha situación demandó el incremento en la importación de café desde otros países productores, las cuales llegaron a cifras superiores a los 200 000 quintales anuales y, en algunos años, como el de 1920, alcanzaron hasta los 400 000 quintales, cifra que solo lograba cubrir el 58,4%, del
consumo local.

Todavía durante los primeros años de la Gran Depresión, Cuba debió importar una media de 193,340 quintales anuales de café, mientras que las exportaciones apenas alcanzaban tonelada los 20 quintales anuales de dicho producto. Sin embargo, las medidas proteccionistas tomadas por el Gobierno desde 1925, unidas al agravamiento de las condiciones de la economía mundial a partir de 1929, contribuyeron a modificar la tendencia seguida por la relación entre la producción nacional y la importación del grano. Como resultado de las medidas tomadas, la producción interna de café, en los años posteriores lograría igualarse y aun superarse los resultados productivos que habían sido alcanzados en Cuba durante los años de mayor esplendor cafetalero de la primera mitad del siglo XIX. En 1946 se produjeron 573 713 quintales y en 1951 se lograron 714 000 quintales, Pero debe tenerse en cuenta que desde mediados del siglo XIX y hasta la década de los cincuenta del siglo XX, la población cubana había crecido en 4.8 millones de habitantes, y con ello también lo había hecho el consumo interno del aromático granoVI. Esto significa que desde 1934 la producción local de café fuera dirigida casi en su totalidad hacia el mercado interno, aunque todavía fuera necesario importar partidas superiores a los 50 000 quintales anuales con el propósito de lograr el abastecimiento total de la demanda interna.

Leer el resto del artículo en Batey: Revista Cubana de Antropología Sociocultural

Anuncio publicitario