Cae la tarde y como la pandemia cede, te animas y vas al corazón de la ciudad: necesitas refocilar los ojos. El centro de Santiago de Cuba se parece al de las otras villas fundadas por España. La diferencia la ponen sus gentes cariñosas, hospitalarias y extrovertidas; dispuestas a conversar de cualquier tema con cualquier persona: en Santiago es fácil cosechar amigos. Contemplas las edificaciones que circundan al parqueCéspedes. La primera casa de América, la del Adelantado Diego Velázquez, la primera catedral de Cuba, el antiguo Ayuntamiento, el sitio desde cuyo balcón Fidel Castro, el Líder Histórico de la RevoluciónCubana, proclamó el triunfo rebelde, el 1 de enero de 1959.

Observas el viejo Ayuntamiento, edificio patrimonial sometido a un proceso de remodelación para convertirlo en el Museo del Primer Frente José Martí. El arquitecto Omar López, director de Oficina el Conservador de la Ciudad, declaró al periódico Sierra Maestra, que la reconstrucción convertirá al inmueble en un museo del siglo XXI. No será un museo cualquiera –señaló- sino una instalación dotadas de tecnologías avanzadas,capaz de atraer a cubanos y extranjeros, especialmente a los estudiantes y ponerlos en contacto con una porción vital de nuestra historia. El nuevo museo estará dedicado a enaltecer a los rebeldes que, liderados por Fidel Castro, conformaron el primer frente guerrillero. Honor a quien honor merece, como dice el aforismo.

Como tantas veces tomas por Enramadas. Te gusta subir por esa calle peatonal y revisar los carteles con que los nuevos dueños identifican sus negocios: no te agradan los nombres extranjeros pues ignoran la riqueza del idioma de Cervantes y la sabrosura del decir criollo. Pero, los asumes como un mal menor. Los carteles rezan: “Louvre”. “Luckys churros”. “El glamour de la milagros@.Manicuri”. “El Paradiso. Ristorante” o “Movilsolution”…y, por fin, dos apelativos cubanos: “Alfa, Reparaciones y servicios informáticos” y “•Fondita: La criolla”. Mas, lo importante es que estos nuevos sitios no se contaminen con la parte negativa del servicio, que ofrezcan el únicoservicio que deberíaexistir: el bueno.

Te detienes en Plaza de Marte, saludas brevemente a unos amigos y enfilas hacia el barrio; debes pasarle la vista a la clase que impartes a los comunicadores sociales. Seamos francos, dices, a veces me duele el barrio y me duele mi universidad. Cuando termino mis clases y reparo en algunos estudiantes que se ocupan de perder el tiempo, cuando la mayoría sabe que en ello no solo le va su futuro sino el de todos nosotros. Sin embargo te consuela el hecho – y la pandemia lo demostró con creces- que estos muchachos criticones, pendientes de sus telefonitos celulares, a la hora de los mameyes se aprietan los cinturones. Con ellos hay que contar, te dices por enésima vez y sonríes.

En varias ocasiones y espacios has contado parte de la historia del barrio. Para quienes la ignoran la sintetizas. En los ochenta tu calle era de tierra. El Estado puso los recursos y los vecinos la hicieron de concreto. Pero, paradójicamente hay quienes no cuidan lo que ellos mismos hacen.

Recuerdas que en los 80 hubo que atemperar a quienes, especialmente los fines de semana, se liaban a golpes con cabal irrespeto por el sueño y el espacio ajenos. Entre todos establecieron la concordia. Hay personas que ignoran cuánto costó el armisticio. Todavía quedan algunos maleantes: son pocos, pero son. En tu cuadra había tres profesionales, ahora hay muchos. El otro día participaste en la consulta popular sobre el proyecto del Códigos de las Familias, saliste impresionado por las intervenciones de tu gente, sobre todo de los jóvenes: es la dialéctica del barrio.

Sueñas con un barrio de personas amables y solidarias; más que instruidas, educadas; capaces de enfrentar sin violencia pero con entereza a los que se ocupan de hacer cosas deleznables y te preguntas cómo los convencemos para que cuiden lo que hacen los otros, porque definitivamente lo que los otros hacen es para ellos también.

Piensas que hay gente atada al pasado. Se parecen tanto a lo que fueron que el esfuerzo por despabilarlas resulta arduo y a veces no fructifica. Otros toman la senda opuesta y hay que frenarlos para que no lleguen al futuro sin atravesar la frontera del presente. Los extremos suelen ser fáciles de asumir, difíciles de soslayar. A veces poner la realidad en su lugar deviene problema. Tú no ves otra alternativa para el barrio que conjugar infinitivos: continuar, avanzar, opinar, construir, marchar unidos con la frente enhiesta por el camino que desbrozaron nuestros padres. Algunos creerán que sueñas y tal vez tengan razón, entonces te dices lo de siempre: estamos hechos de palabras y somos en esencia sueño.

Escrito por Osmar Álvarez Clavel y publicado en Radio Mambí

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