Y el proyecto La Hora del Café, que organiza el escritor Rodolfo Tamayo, se viste de lujo con un texto de Reynaldo García Blanco. Nacido en Sancti Spíritus, Venegas, en 1962, García coordina los talleres literarios La palma escrita y Aula de Poesía. Escribe para espacios radiales. Dentro del Festival del Caribe ha sido coordinador de lecturas del Encuentro de Poetas. En 2017, con el poemario Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa, obtuvo el Premio Casa de las Américas.
Su más reciente publicación: El cansancio nacional (2019) , aparece publicado por Editorial Oriente.
Otros títulos de su autoría : Perros blancos de la aurora (Editorial Oriente,1994); Abaixar las velas (Editorial Oriente,1994); Adiós naves de Tarsis(Ediciones Vigía, 1995); Reverso de foto & Dossier (Casa Editora Abril); Artefactos (Oficina del Conservador de la Ciudad, 2001); Instrucciones para matar a un colibrí, Ediciones Santiago, 2002 y España, Diputación de Córdoba-Ediciones Unión, 2004); Acotaciones al libro de las horas muertas de Europa (Atlanta, Estados Unidos, Ediciones Kairós, 2003, con Rubén Fernándo Alonso y Manuel Sosa); País de hojaldre (Editorial Letras Cubanas, 2004); Campos de belleza armada (Ediciones Unión,2007); Opus ciudad ( Ediciones Vigía, 2013) Y Otros campos de belleza armada (Ediciones Matanzas, 2014).

Por café hemos sido salvos

Ahí está la palabra. Dos sílabas que cimbran en la memoria. Cuatro letras que abren y cierran caminos.
Desde el hornillo viejo el humo sube y estalla. Es la ceremonia mañanera que despierta al vecindario.
Desde entonces la he perseguido por libros y ciudades. Tomarme un café con Truman Capote mientras leo A sangre fría. Parodiar a Marcel Proust con aquello de En busca del café perdido. Sentarme con Goethe en La Isabelica para investigar la composición química del sospechoso líquido que nos sirven en cafeteras prehistóricas. Pagarle a Balzac sus cincuenta tazas diarias del néctar negro que le anima a escribir. Saber que Voltaire lo bebió por cuarenta años y murió de filosofía.
Ahí la palabra. Sonora. Olorosa. Irrepetible.
Me asomo a las mañanitas de un pueblo de provincia. Ahí viene el Padre Martin. Viene en su caballo tan jesuita como su alma de peregrino. ¡Hola familia! Dice en un español cadencioso ¡Por café hemos sido salvos!
Y mi madre presta y solícita ¡Venga usted Padre! Sea la bendición!
Para esa fecha, como Pablo Neruda con Orégano, yo inicio mi vocabulario rupestre, iniciático, errabundo. Ahí está la palabra. Dos sílabas que cimbran en la memoria. Cuatro letras que abren y cierran caminos.
Desde entonces yo he querido ser salvo.