En Coffee Candy apenas podemos conversar. Vendedores de cuchillos y de lentes parasoles nos atosigan con sus importaciones. Levantamos nuestra carpa y nos vamos a La Teresina. Allí es otra cosa al no ser el humo que viene de las torrefactoras que regentean unos que dicen ser brasileños. Al filo de las cuatro comienzan a llegar los mendigos de cuello blanco y los rusos con su hedor de cosacos en rebelión Entonces, en taxis o en volantas de humo nos sentamos en la acera de los álamos donde el Café Pessoa nos recuerda que no tenemos estómagos de metal y mucho menos aprendices de dragón. Y hablamos de cualquier cosa, de los americanos, de las películas de antes, de lo mal que escribe Paulo Coello pero cómo vende, de las tetas de la muchacha de Pájarolandia o las virtudes del jengibre. Despacio, como un Dylan Thomas vamos saliendo de la ceremonia del café para entrar a la patria del alcohol. Mañana será sábado y hasta los santos toman descanso.

Escrito por Reynaldo García Blanco