Quien no ha estado en Angerona no conoce el olor de su hierba mezclado con el de los ladrillos que intentan caerse hace años y algo, no sé bien qué, los mantiene atrapados en la estructura.

Quien no conozca la historia de Angerona posiblemente la imagine en su esplendor, con mujeres de vestidos anchos y largos sonriendo por debajo de los vuelos de abanicos que dejaban ver los ojos en bailes señoriales de la época.

Pero hay mucha historia escondida detrás de cada muro de estas ruinas, conservados a pesar del tiempo, donde los tambores no significaron lucha de cimarrones ni se perciben rastros de látigo y azote, probablemente porque la propia mano de la peculiar doña dejó caer pinceladas de decoro en el trato dado a la dotación de más de 450 esclavos. 

Ubicado en Artemisa, justo en el kilómetro cinco de la carretera que une a la cabecera provincial con el poblado de Cayajabos, en la comunidad de La Granada, surgió en 1813 uno de los cafetales que más aportó a la economía del país, aunque en las narraciones suele destacarse más el supuesto amor entre el alemán Cornelio Souchay, propietario del cafetal, y la haitiana Úrsula Lambert.

Entre mitos y verdades

Casi siempre la historia, máxime la más lejana, suele contarse con gotas de leyendas y mitos, y con Angerona no ha sido diferente.

Reveca Figueredo Valdés, historiadora y jefa del Departamento Provincial de Patrimonio Cultural, figura como una de las apasionadas por este Monumento Nacional. Cuando el viento bate más fuerte, su primer pensamiento va hacia los arcos del palacete de Angerona.

«El amor entre la liberta Úrsula y Cornelio queda atrapado en los laberintos de la leyenda, pues no está documentalmente probado. Tomó vuelo a partir de artículos periodísticos y alguna bibliografía publicada, lo cual contribuyó a magnificar esta relación en el imaginario popular.

«Sin embargo, pudo tratarse de una estrecha relación de trabajo. Angerona es mucho más que el posible amorío entre un propietario de esclavos y una eficaz colaboradora.

«Historiográficamente no puede ser ese supuesto romance, en modo alguno, el eje central de la historia de una plantación cafetalera tan significativa, que llegó a convertirse en una de las más prósperas haciendas del occidente cubano.

«Fue visitada y descrita por viajeros connotados como el presbítero norteamericano Abiel Abbott; el novelista Cirilo Villaverde (quien estuvo allí en par de ocasiones); el español Jacinto Salas y Quiroga y la célebre Condesa de Merlín.

«Angerona fue reconocida en el mundo por sus altos estándares de mecanización para la producción de café y por el tratamiento dado por el alemán al elevado número de esclavos de su dotación. También por las fabricaciones manufactureras de talabartería y herrería, y por la producción de elementos arquitectónicos en el levantamiento de muros, todo lo cual descubre en Angerona un patrimonio agroindustrial de excepcional valor».

¿Lo cierto? Este cafetal-ingenio rápidamente se convirtió en el más importante del occidente de Cuba a inicios del siglo XIX y el segundo más importante del país, al aportar el 2,2 por ciento de la producción nacional de café, según lo reconocen los investigadores Lorenzo Hernández, Jorge Macle, Olga López y Migda Estévez en el artículo Angerona: un plano, tres historias.

Foto tomada de http://www.panoramio.com

Investigar para no contradecir

El poeta Eliseo Diego afirmó que «no existe la Historia, sino las historias». Por eso tal vez dejamos volar la imaginación hasta donde queremos.

Sobre Angerona hay varias tesis. Hay quien habla de una historia de amor hermosa, otros de una relación de trabajo formidable.

Berta Martínez Páez, luego de hurgar nueve años en los fondos del Archivo Nacional de Cuba y fichar cada uno de los registros que mencionaran a Angerona, debe ser quien más sabe de este Monumento Nacional.

Lleva tantas horas de estudio e investigación en su haber, que el mismo Eusebio Leal la consideró la historiadora de Angerona. Sus estudios se convirtieron en libros bajo el sello editorial Boloña (de la Oficina del Historiador de La Habana), unos ya publicados y otros todavía sin ver la luz.

«Esa es mi pasión. Puse los pies allí en 1959, cuando apenas tenía 19 años, y ya tengo casi 80. Los primeros levantamientos en el terreno los hice junto a Luis Enrique Permuy, mi compañero también de días y noches en el Archivo. Tuvimos el privilegio de abrir documentos aún lacrados pertenecientes al cafetal, y queda mucho por investigar.

«Eso sí, para afirmar cualquier cosa que haya sucedido en el cafetal hay que probarlo documentalmente, pues esa es la manera de contar la historia sin adornos ni descuidos».

Figueredo Valdés, directora de Patrimonio en Artemisa, considera que no debe hablarse de contradicciones históricas con relación a Angerona: «Las investigaciones realizadas sobre este sitio establecen muy bien los hechos: el alemán adquirió las primeras 16 caballerías en 1813 y la dotación de esclavos sobrepasó la cifra de 400.

«El cafetal tuvo su mayor magnificencia durante el primer cuarto del siglo XIX, y una vez que decayó el cultivo del café, hacia la década de los 40, los herederos de Souchay —fallecido en 1835—, dedicaron la hacienda a la siembra de caña de azúcar, sin llegar a convertirse en un gran ingenio».

Con olor a descuido

Olvido pudiera ser la palabra adecuada, pero hay tantas fotos de bodas, quinceañeras y embarazadas que toman como escenario este museo del siglo XIX para luego inundar las redes sociales, que quizá sea vida cuanto se esconde allí.

«Angerona siempre ha estado viva. La savia se la da la gente cuando asiste allí para apreciar la majestuosidad de las ruinas. La energía de un sitio nunca muere: por muchas veces que vayas, siempre quedas atrapado en el siglo XIX», dice la historiadora, y los ojos se le llenan de luz.

«Angerona fue declarada Monumento Nacional en 1981. La declaratoria incluye los restos de la casa-vivienda, la casa del mayoral (conocida como casa de Úrsula), el barracón de esclavos, la torre vigía y seis gigantescos aljibes utilizados para acumular el agua destinada a la industria del café», comenta Figueredo Valdés.

Según explica Reveca, al constituirse la nueva provincia en 2011 se designó a la empresa de Flora y Fauna como cuidadora del bien; pero quedaron engavetadas las proyecciones para su crecimiento y vitalidad.

«Desde hace algunos años las ruinas de Angerona están incluidas en el listado de monumentos amenazados, un documento que se confecciona y revisa anualmente», agregó Figueredo Valdés.

«Aunque en 2012 la Oficina del Historiador de La Habana concibió un importante grupo de ideas conceptuales para la conservación del monumento y su inserción en las ofertas al turismo, hasta hoy no se ha materializado un proyecto que permita consolidar las ruinas de la casa señorial, en aras de detener su deterioro y evitar un eventual desplome de la estructura, el mayor y más latente peligro.

Renacer alentador

Hace algunos meses, una publicación del arquitecto Jorge Veliz revolucionó los perfiles de muchos artemiseños en las redes sociales: el joven mostraba su versión en fotografía digital de cómo debió ser Angerona en sus años de mayor esplendor.

«La duda me motivó a indagar cómo había sido y pensé que a los artemiseños también les iba a gustar esa imagen. Busqué algunos croquis de la hacienda y me basé en el grabado original, leí algunas investigaciones y estudié sobre los cafetales de la época.

«Sobre todo potencié la visita al sitio: iba una y otra vez en busca de detalles que me ayudaran a “armar” el cafetal. Decidí dejarme llevar por lo visto —como arquitecto— en la estructura.

«Aunque no puedo alegar que Angerona fuera fielmente así, es un acercamiento al palacete. Mis imágenes constituyen una interpretación personal, las hice solo por placer y luego decidí compartirlas».

Las reconstrucciones de Veliz tuvieron detractores y amantes en las redes sociales. Eso sí, más allá de lo científicamente probado, puso en la mesa de debate las ganas de muchos de ver un renacer en Angerona.

Pese a que su investigación no está avalada por organismos oficiales —y según un análisis de Martínez Páez obvia algunos rasgos en la estructura—, fue un serio intento de recrear el edificio principal de manera atractiva, aplicando técnicas avanzadas y programas informáticos.

Y si bien las ruinas nunca serán restauradas a ese punto, porque su valor fundamental consiste en preservar la memoria de una época, un impulso de aire fresco nunca viene mal.

Reconstrucción digital del palacete presentada en redes sociales por el arquitecto Jorge Véliz. Foto: Cortesía de Jorge Véliz

Nuevos aires y planes concretos

Rodolfo Moreira, jefe del Grupo de Desarrollo Local del Gobierno Provincial, es uno de los responsables de mover los hilos necesarios para devolver al cafetal a sus mejores tiempos.

«Intervenir Angerona implica un gran riesgo. Este sitio constituye un bien público identificado por todos los artemiseños, un hito incluido en el escudo local, por lo cual no hay labor más difícil que aunar criterios de decisores, especialistas y población en general, cada uno con ideas formadas en su imaginario y defendidas a capa y espada.

«Para materializar este proyecto se conformó un subgrupo de trabajo adscrito al Grupo de Desarrollo Local de la provincia, que integran la Dirección Provincial de Cultura, la Delegación de Turismo, Planificación Física, la Universidad de Artemisa y la Empresa de Flora y Fauna. El Consejo Nacional de Patrimonio es conocedor de cualquier movimiento hecho en el sitio».

Detener el deterioro y dar valor de uso a esas ruinas para realzar su historia y legarla al futuro con sus propios valores, ubicarla en una ruta turística y generar ingresos en bien del desarrollo local, parece ser el primer objetivo de ese equipo, que se reúne una vez por mes y deja acuerdos de trabajo entre una cita y otra.

«El funcionamiento del equipo ha sido institucionalizado como una acción permanente del Gobierno provincial para darle seguimiento al tema. Además, nos hemos nutrido del criterio y la valoración de varios especialistas como historiadores, arquitectos, profesores universitarios, licenciados en Turismo y economistas», detalla.

Moreira destaca la amplia participación popular como sostén para la descentralización de las decisiones: «Colocar en las redes sociales el contenido y los avances nos ayuda a conocer la opinión de las personas».

Ya se rescataron los estudios preliminares realizados por la Oficina del Historiador de La Habana en 2012 y ahora se desempolvan para desarrollar las ideas conceptuales propuestas y aterrizarlas al contexto económico de la provincia.

«Por otra parte, se gestionó el presupuesto para la elaboración del proyecto y trabajamos en un convenio de colaboración entre la Dirección Provincial de Cultura y la Empresa de Flora y Fauna en Artemisa para el manejo del sitio», asegura.

Ivón Álvarez, directora de Cultura en la provincia, está sumida en la obra —quizá la de mayor envergadura en la provincia—, no solo por el costo económico representado, sino por cuánto significa Angerona como símbolo territorial.

«Recuperar el cafetal es una vieja añoranza. Apuntalar la estructura y emprender las acciones necesarias para minimizar la corrosión correrá a cargo de especialistas de la Empresa de Proyectos y Servicios de Ingeniería de la Cultura (Atrio), perteneciente al Ministerio de Cultura», especificó.

Ahora mismo parece haber un impulso mayor en las obras para conservar las ruinas y posicionar este emblemático sitio en la ruta turística de Artemisa. Sembrar en sus terrenos café arábico (variedad plantada allí en el siglo XIX) es una de las primeras acciones. Vendrán luego propuestas gastronómicas y hasta coches que trasladen a los visitantes desde la entrada del camino de palmas hasta el palacete.

A 209 años de su fundación, el cafetal forma parte de la historia de Artemisa, de Cuba y del mundo. La Unesco lo cita como uno de los 14 sitios en Cuba que describen la Ruta del Esclavo.

Miles de fotos de los arcos de la casa principal y sus aljibes viajan por el planeta. Casi una decena de series de televisión y películas han usado como locación las áreas de Angerona y muchos escritores han dedicado miles de líneas a descifrar qué guardan los muros de estas ruinas.  

Artemisa la quiere de vuelta. ¿Raro? No. Angerona resulta una especie de recorrido al pasado, una manera de desentrañar orígenes, de regresar al negro esclavo y al olor a café recién recolectado o a caña molida.

Angerona, pese al deterioro, sigue oliendo a vida. Tal vez por eso sus muros han sido más fuertes que los años.

Escrito por Sailys Uria López y publicado en Juventud Rebelde