Entre el lapso de ser cultivado en nuestras lomas, recolectado, y el momento en que llega al colador, el café guamense pasa por una estricta rutina de despulpe y secado, para luego ser tostado y molido hasta convertirse en el cotizado polvo que millones de personas veneran tanto a nivel nacional como internacional, utilizando para ello anónimos molinos electrificados, o simplemente a la antigua con los brazos en las más humildes casas, donde es refinado a pilonazos dentro de un pedazo de madera ahuecada, que con el tiempo va tornándose más y más oscura sus paredes, debido a los restos que van quedándose en los poros de la madera, de aquellos granos que lentamente van triturándose luego de pasados por la candela, con el toque de azúcar parda o cruda exacto dependiendo de la cantidad a tostar.

Esta última forma de preparar dicho polvo para luego ser colado con elegancia y maestría, es una de las costumbres que todavía queda arraigada profundamente en los nativos de estas serranías y que no pierde su encanto cuando se tiene la oportunidad de realizarla, como una de las actividades diarias en las que nos involucramos cuando nos encontramos en casa.
Dicho ejercicio ha pasado por una extensa lista de generaciones en Cuba, desde que los colonos franceses, llegados del Santo Domingo, introdujeron el cafeto en el oriente cubano colonial, cuando despavoridos huían de la revolución esclava desatada a fines del siglo XVIII en La Española, territorio que hoy alberga a las naciones de Haití y la República Dominicana en la parte occidental y oriental de ésta respectivamente.

Quien escribe estas líneas no escapó a dicha tradición y la obtuvo de su abuela materna que cuando pequeño, le pedía ayuda mientras tostaba bandejas y más bandejas en un santiamén de dicho fruto que desde aquella remota época, (la de fines de los mil setecientos y pico), fue ganándose pedazos en el espíritu de los criollos quienes unos setenta años luego se volcarían a la manigua cubana en busca de su propio camino.

Ahora con el paso de los años ya mi abuela no está presente (se ha reunido a sus antepasados), pero me queda en el corazón su huella profunda y pienso inevitablemente en ella cuando tengo la oportunidad de pilar café y voy retornando con el inconfundible olor que se despide en la escena con cada pilonazo, a mis origenes en aquel pequeño reparto de calles de tierra y gravilla llamado Vista Alegre, perteneciente este al Baire de los mambises legendarios.

Me siento en cada ocasión experimentado sumo sacerdote, que venera la grandeza brindada por Dios de que, gracias a los efectos de aquella revolución de hombres y mujeres libres arrancados de su patria africana, planta tan exquisita se halla vuelto criolla y cimarrona en los montes de mi tierra donde no les falta el roció divino.

Como muestran las instantáneas que acompañan este modesto trabajo, esta es una de esas en la que me he sentido bien caribeño pilando café tostado, sintiendo el aroma que caracteriza las mañanas guajiras en estos lares y sabiendo que luego me tomaré algunas tazas del brebaje más auténtico, salido de la isla más grande de las Antillas sin truco alguno como ese tan de moda de mezclarlo con chícharo y que en muchos de lugares ya es considerado normal.

Cubano, en fin, y cafetero como mis antepasados, aquellos que, guiados por sus mayores, algún día se levantaron y no pudieron jamás despegarse de la olla con el agua hirviendo, mientras que, dentro del colador, echo de la más fina tela que tuvieran a mano, un duende esperaba para contagiárseles en el alma mientras respirarán, reproduciéndose este en cada presa que se sumaba al encanto. como se puede ver, eta es otras de las maravillas que nos hacer ser un pueblo sin igual de este mundo en que habitamos tantas culturas diferentes.

Tomado de El Cubo Oriental