Aunque la ciudad de Santiago de Cuba experimentó bonanza económica desde su fundación hasta el fin de la primera mitad del siglo XVI, mientras fue capital de la nación y con el puerto más importante, y luego perdió esa condición de urbe principal que le siguió un desarrollo lento pero sistemático, nada preparó la villa colonial para recibir las inmensas oleadas de emigrantes franceses quienes trajeron su cultura y también tecnologías.

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Aymé Urquijo Soto, investigadora de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, quien indaga hoy la expresión urbana de las propiedades de hacendados cafetaleros en urbe, asegura que la llegada de los colonos franceses que huían de revolución de esclavos que se originó en 1791 en la colonia ultramarina francesa de Saint Domingue “fue un golpe de cambio en la urbe, transformación que sería protagonista en esos años y en la aurora del siglo XIX”.

“En el año 1803 se observó la mayor entrada de colonos franceses a Santiago de Cuba, ciudad que no poseía una infraestructura urbana ni edilicia capaz de asimilarlos” asegura la joven investigadora y añade que “se asentaron al oeste de la ciudad, en la zona de Boca Hueca o Loma  Hueca, que después se conocería como el Tivolí, en la zona más baja y despoblada llamada Barrio de la Marina, y en el llamado Quartier Francés”.

Antes de la llegada de los colonos franco-domingueses en Cuba se conocía muy poco del cultivo del café, pero no fue solo el aromático grano el único beneficio de estas migraciones, sino que, entre otros, ayudaron a develar las maravillas ocultas en la zona montañosa de Santiago, sus tierras fértiles y ricas para cosechar este cerezo, en escenarios de valores paisajísticos excepcionales.

Las más de 170 haciendas vinculadas al patrimonio cafetalero en la región oriental de Cuba son únicas, tanto en lo relacionado con el proceso productivo como la riqueza en la vida cotidiana. Cada una se concibió de una manera distinta, condicionado por las características del terreno para aprovechar los recursos naturales: el agua, tierra fértil y zona de sombra.

“Sin embargo, no toda la vida de estos hacendados cafetaleros y sus familias se desarrollaba en las paradisiacas serranías que constituían el arsenal de su fortuna, pues numerosas fuentes bibliográficas señalan que ellos tenían residencias urbanas y se presume que muchos de ellos pasaban una temporada del año en el campo y otra en la ciudad, donde también poseían suntuosas viviendas en consonancia con su status social” señala Urquijo.

La Casa Dranguet, que perteneció a Don Carlos Dranguet –construida entre 1859 y 1861– es el ejemplo más representativo de las viviendas que poseían los magnates del café en la ciudad de Santiago de Cuba, y en esta edificación se encuentra hoy la sede del Centro de Interpretación y Divulgación del Patrimonio Cultural cafetalero y de las oficinas del proyecto internacional Los “Caminos del Café”, financiado por la Unión Europea, la Fundación Malongo y la Oficina del Conservador de la Ciudad.

Otras de estas moradas, según precisiones de la investigadora, han sido encontradas en anotaciones en los diferentes documentos del Archivo Provincial de Santiago de Cuba, e investigaciones realizadas por las doctoras en ciencias Olga Portuondo y Yaumara López, periódicos, entre otras fuentes.

El café llegó a Cuba y se adueñó de las zonas montañosas del oriente de Cuba, se enseñoreó, puso en relieve las maravillas paisajísticas y naturales de la zona, y de la mano de los colonos franco-domingueses creó un conjunto de haciendas cada una de ellas con una belleza singular.

“Mas no fue lo rural la única manifestación de los beneficios de este rey de los cultivos, pues tuvo una expresión urbana a través de las viviendas de los hacendados, quienes no solo disfrutaban de las bonanzas de la naturaleza en las serranías, sino que también gustaban de hacer permanencia en la urbe deleitándose con el bullicio y el encanto que solo poseen las ciudades, especialmente Santiago de Cuba.”

La expresión urbana de las propiedades de hacendados cafetaleros en Santiago de Cuba, una investigación que aún está en ciernes, y cuyos adelantos serán presentados en el II Coloquio lo Francés en Cuba y el Caribe, permitirán apreciar, con mayor profundidad, la huella de la nación europea en la Ciudad Héroe, al dirigir la mirada a ese legado pero en el ámbito citadino.

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