La primera vez que Yasmany Herrera Borrero, uno de los profesores más jóvenes en la especialidad de Periodismo de la Universidad de Oriente, habló de “Paisaje Sonoro”, seguro estoy que no pocos alzaron sus cejas y consideraron una locura estudiar esa teoría en el contexto de Santiago de Cuba.

“Es esencialmente las circunstancias sonoras que estructuran la vida en determinadas comunidades, sean urbanas o rurales”, explica y añade que “surgió en Canadá en las décadas del 60 y el 70, con un profesor llamado Murray Schafer. En ese entonces la contaminación sonora en Vancouver, era un problema. Él descubrió que el sonido, más allá del ruido, estructura la vida de las personas, o sea, que estas reconocen los espacios a los que pertenecen a partir de lo que significa el sonido”.

En Cuba el estudio del sonido se centra solo en considerarlo como un elemento de la producción o como recurso expresivo o artístico, no como parte de la vida, de la estructura social o de identificación de los sujetos.

“Yo me apropio del concepto de Paisaje Sonoro pero a partir de una aproximación antropológica. Tiene que ver con cómo las personas se reconocen con determinados sonidos y de cómo son capaces de articular sentidos, a partir de sonidos que forman parte de su comunidad y que ya son marcas o señales sonoras en determinados espacios”, explica el joven investigador, quien ha tenido como referencias los diversos estudios que se han hecho en América Latina, en particular en México.

Una teoría nacida en Canadá, y con un fin muy específico, el santiaguero Yasmany Herrera Borrero lo trajo a esta ciudad y le dio un enfoque diferente, y aplicó en una sui géneris calle de la urbe: “el primer acercamiento que estoy haciendo es a la calle Moncada porque es muy singular. Pertenece a Los Hoyos, una de las comunidades más tradicionales y con un sonido bastante peculiar, además existen varias instituciones que son muy importantes y que forman parte del sonido de ella”.

La Conga de Los Hoyos –para algunas la más emblemática de los carnavales santiagueros– está en la misma esquina de Martí y Moncada, las Carabalí, que también están cerca, y la Tumba Francesa –considerada Patrimonio de la Humanidad–, “excepto la conga, las otras no están en la misma calle pero forman parte del ambiente sonoro” asegura Herrera y añade que “en el caso específico de esa calle, que está delimitada por Paseo Martí y Santa Isabel, existe en ella un mercado de objetos religiosos, se combina con muchos sonidos como las onomatopeyas de los animales que se venden, ave y chivos, también los pregones de los trabajadores, además a las cinco de la tarde la conga ensaya todos los días, el tráfico forma parte, el barullo de las personas intercambiando, los vecinos del lugar, la música que sale de las casas… todos esos sonidos conforman un paisaje sonoro”.

Aunque la investigación de Yasmany Herrera Borrero aún está en sus primeras fases, ya se pueden hablar de conclusiones “los sonidos de esa calle dan sensación de abundancia, pues están muy vinculados a lo que se vende en el mercado que supone la satisfacción de las necesidades espirituales, otra es que el paisaje sonoro de la calle Moncada es único e irrepetible, además de que existen vacíos en la descripción de algunas categorías científicas, y por último que las personas articulan sentido entorno a los sonidos como expresión cultural de una zona comunitaria determinada”.

Aproximaciones como estas de identificar y estudiar a profundidad el paisaje sonoro de Santiago de Cuba, –donde otra vez se ratifica el carácter singular de esta urbe de más de medio milenio de antigüedad–, no solo reverdece el quehacer científico, sino que despierta la admiración por el trabajo y tesón de investigadores jóvenes quienes, con mucha fuerza, se abren paso en la actualidad, pero con enfoques más novedosos y atrevidos.

Y justamente, en socializar experiencias como esta descansa la importancia del I Simposio de Ciencias Humanísticas “Letras, Arte y Comunicación en la Sociedad Cubana”, que hasta hoy 18 de mayo se realiza en la santiaguera Casa Dranguet, institución que desde su fundación –y cada día más–, apuesta por convertirse en sede de los eventos científicos y culturales más importantes de la urbe.

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