Al finalizar en esta ciudad la edición 55 del Festival de la Trova Pepe Sánchez, siguen entonando sus melodías las voces y guitarras en un canto imperecedero que brota del alma y une, estremecidos, a jóvenes y viejos.

Cinco días de lujo vivió una vez más la ciudad, cuna de ese género y de tantos cantores emblemáticos, entre ellos Sindo Garay, llamado el faraón de Cuba por el poeta español Federico García Lorca y a cuyos 150 años estuvo dedicada la fiesta.

El centro histórico urbano con epicentro en la Casa de la Trova fue escenario de presentaciones de grupos y solistas de distintos puntos de la geografía cubana donde también florece, con sus características y matices, esa vertiente sonora.

Con la presencia de Eliades Ochoa, Pedro Luis Ferrer, Eduardo Sosa, Pepe Ordaz, el Septeto Santiaguero, la Familia Valera-Miranda, Pancho Amat, José Aquiles, Annie Garcés y Vionaika Martínez, entre otros muchos connotados intérpretes y compositores, se animaron las jornadas del jubileo.

El festival fue también ocasión propicia para que dieran a conocer sus más recientes producciones, mediante la Egrem, los Septetos de la Trova y Ecos del Tivolí; Ochoa y el cuarteto Patria junto al dúo Melodías cubanas, y la agrupación Los Jubilados.

La Sala de Conciertos Dolores y el Teatro Martí acogieron varias de las presentaciones, que tuvieron locaciones abiertas de notable afluencia como el Parque Céspedes, corazón de la urbe, y la Plaza de Marte, así como otros espacios públicos donde espontáneamente algunos piquetes desgranan sus acordes.

La Universidad de Oriente, la Escuela Vocacional de Arte, la Casa de la Trova del municipio de San Luis y el Conservatorio Esteban Salas fueron igualmente recintos para las propuestas del más antiguo evento musical en el país.

Lideradas por el acucioso investigador Lino Betancourt, las sesiones teóricas apreciaron la vida y trayectoria artística de Sindo Garay y otras aristas del quehacer trovadoresco, incluida la impronta del conflicto Cuba-Estados Unidos en esas composiciones.

El dúo Voces del Caney y el trío Palabras, el primero con muchos años de entrega y el segundo con jóvenes intérpretes, todas mujeres, acompañaron las disertaciones y ejemplificaron muchas de las certezas planteadas por los estudiosos.

Al darse a conocer el libro Lo que dice mi cantar, de Betancourt, la Casa de la Trova fue el ámbito preciso para esa suerte de resumen de décadas escudriñando, casi como una obsesión, en ese caudal sonoro de la música cubana.

La gran trovada fue uno de los momentos más significativos al tener lugar en la calle Heredia, donde la casa natal del primer poeta romántico y el modesto local que es santuario de los cantores, nutren un linaje cultural de siglos.

En el cementerio de Santa Ifigenia, Monumento Nacional, se revivió el homenaje a Pepe Sánchez, por cuyo nacimiento el 19 de marzo de 1856 se instituyó la fecha como Día del Trovador.

Junto a él recibieron también el tributo de los participantes en el Festival otros grandes del pentagrama cubano.

TRADICIONAL, NUEVA, NOVÍSIMA, UNA SOLA… ELLA MISMA

Quizás ningún otro pedestal de la música popular cubana haya estado tan sometido a la lupa de investigadores y teóricos como la trova y por momentos, las disquisiciones han parecido no tener fin.

Unos se empeñan en que hay una fundacional y otras que vinieron después, llámense nueva, novísima o sencillamente actual. Pero algunos se niegan a aceptar que haya esas divisiones y hablan de variaciones de la misma de siempre.

Si bien un experimentado musicólogo como Jesús Gómez Cairo considera bien llamada a ‘la trova tradicional’, un confeso trovadicto y acucioso investigador como Betancourt no quiere esa denominación porque para él, sencillamente, hay una sola.

Lo cierto, y que nadie discute, es que ella es fuente nutricia de otras vertientes como el son, el bolero, la canción y la guaracha.

A sus aires hay que acudir en la búsqueda de las raíces de nuevas y modernas sonoridades y ella misma, en su transcurso, adoptó otros matices estilísticos y formales en la medida en que alcanzó crecimiento y dimensión internacional.

Nombres como los del propio Sindo, María Teresa Vera, Francisco Repilado (Compay Segundo), los hermanos Lorenzo y Reynaldo Hierrezuelo con el dúo Los Compadres, Miguel Matamoros y su emblemático trío, junto a muchos más, popularizaron la canción trovadoresca que fue asumida por nuevas generaciones de músicos.

Es preciso recordar que en sus inicios, la trova tuvo puntos de contacto con el género operístico y la canción de concierto y tomó de aquellos cantos populares anónimos del siglo XIX para cristalizar en esas obras que hablaban reflexiva y sentidamente de la vida cotidiana, el amor y el desamor.

Su base auténticamente popular estaba en la economía de recursos que permitía aquella música, acompañada apenas por una guitarra y la inspiración soñadora y sensible de cantores un poco bohemios, un poco trashumantes, sin mucha escuela ni partitura, pero con muy buenas dosis de sentimientos e intuición.

Muchos de esos intérpretes y a veces también compositores alternaban esas descargas de su natural inclinación musical con oficios mucho más nutritivos a la hora de las necesidades del diario vivir.

Uno de ellos fue precisamente José (Pepe) Sánchez, aquel sastre mulato, autodidacta y con alma de poeta que a los 28 años había compuesto Tristezas, considerado el primer bolero en el mundo.

En su casa se daban cita incipientes creadores que aprendían de él y de los cuales salieron después piezas antológicas del repertorio musical cubano.

Asiduos a aquellas sesiones fecundantes fueron el llamado Paganini negro: Brindis de Salas; Sindo Garay, Emiliano Blez, Alberto Villalón, Jorge Anckerman y Miguel Matamoros.

Dentro de un año, la ciudad abrirá nuevamente sus ventanas a las guitarras y otra vez envolverá con su encanto al trovador. Las mismas calles empinadas y estrechas que escucharon entonar a los primeros, acogerán el eco para mantener la tradición y seguir haciendo de marzo una inspirada serenata.

Escrito por Martha Cabrales y publicado en Prensa Latina
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