A finales del siglo XVIII y durante el XIX, las costas cubanas vieron llegar a los emigrantes franceses, y aunque ellos no lo sospechaban, junto a su sentimiento de evocación por la tierra natal, trajeron costumbres, objetos y cultura, que contribuyeron a la fisionomía del Santiago de Cuba actual y de su gente.

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Pero el amor desbordado por su tierra natal, no solo se traducía en la importación de objetos de la cotidianidad del francés o en las costumbres al interior de la familia y de la hacienda. Era, además, un sentir y un actuar por el bien de la tierra natal.

La Doctora en Ciencias María Cristina Hierrezuelo explica que “en la década de 1850, una parte significativa del territorio francés, se vio inundado por la fuerte crecida de varios ríos, el cónsul francés, en ese momento en Santiago de Cuba, Víctor Guillois, informó que «millares de familias reducidas a la más espantosa miseria se encuentran hoy errantes sobre aquel suelo devastado en que pocos días antes poseían cual más, cual menos, una fortuna y una posición acomodada o ventajosa. El emperador Napoleón III ha querido conocer por sí mismo toda la extensión de los desastres socorriendo con mano generosa a las víctimas de aquella calamidad (…) Conmovida a su presencia la Francia entera siguió el noble ejemplo de su majestad rivalizando el gobierno y los cuerpos del Estado con el alivio de los desgraciados. Los sufrimientos que experimentan los franceses de la metrópolis demandan pronto socorro y no pudiendo el gobierno por sí solo cubrir a tan enorme pérdida estas no pueden repararse sino con la cooperación y una generosa asistencia», y termina diciendo cuáles fueron los lugares que se instalaron en Santiago de Cuba para que los santiagueros, tanto franceses, como criollos y peninsulares, acudieran allí a entregar su donativo”.

“La respuesta de los cafetaleros franceses no se hizo esperar” sentencia María Cristina Hierrezuelo, y añade que muchos entregaron cuantiosas sumas de dinero mientras que otros acudieron al lugar, al llamado de socorrer a las víctimas.

“Muchos cafetaleros franceses murieron en Cuba, la vuelta para ellos no fue posible y las tierras del antiguo departamento oriental cubren sus cuerpos; otros, por diferentes motivos, sí lo hicieron, en lo que hoy se estudia como la emigración de retorno, que aunque no sea cuantitativamente muy importante, sí es significativa en su análisis sociológico”, finaliza la Doctora en Ciencias María Cristina Hierrezuelo.

La huella francesa es muy fuerte en Cuba, pero especial intensidad tiene en la región oriental del país, donde han sobrevivido, hasta la actualidad, algunas de las tradiciones, costumbres, apellidos, bailes, cantos, entre otras aristas de la cultura inmaterial e inmaterial, de aquellos emigrantes franceses que junto a sus esclavos, llegaron a tierras de la mayor nación del Caribe.

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