Fue tan grande la añoranza que sentían los cafetaleros de Francia por su tierra natal, a su llegada a Cuba a finales del siglo XVIII y durante el XIX, que encontraron la manera sobrellevar ese sentimiento, al ponerle a sus propiedades, a las haciendas y esclavos, nombres en su idioma materno, un legado que llega hasta la actualidad.

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Asegura la Doctora en Ciencias María Cristina Hierrezuelo que estos “bien podían ser el de una ciudad, un familiar, generalmente el de la madre, esposa o una hija, e igualmente nombraron sus heredales a partir de sentimientos que bien pueden ser interpretados como expresión de una aspiración o un logro. Yo particularmente defiendo el criterio de que esos nombres no son escogidos al azar, sino que llevan una fuerte carga afectiva o emotiva”.

Marsella fue el nombre escogido por Antonio Antomarchí, primo hermano de Francisco Antomarchí, –el último médico de Napoleón en Santa Elena–, para denominar una de sus propiedades, una dedicada al cultivo de café y cacao, ubicada en Hongolosongo.

“Marsella era la ciudad de sus mayores”, asegura María Cristina Hierrezuelo y añade que “allí había nacido su padre, también su madre, y hasta donde conozco es muy posible que también naciera él, pero lo que es cierto es que esa urbe estuvo muy asociada a él, a sus mayores y a su esposa, o sea, el nombre de la finca estaba muy vinculado a su vida”.

Sidonia fue el nombre de una finca porque era el nombre de una de las hijas del padre de familia; algo similar hizo Emilio Ridondeaux, uno de los hombres más ricos de Guantánamo, él tuvo varias propiedades. Una de ellas fue una pequeña donde se cultivaba cacao, la que llamó Cedrito, porque abundaba ese árbol, pero su propiedad fundamental era una hacienda cafetalera, donde también abundaba esa especie, la que llamó “Gros Cédre” (Cedro grande). Se denotaba que indistintamente usaba la lengua materna como la adoptada.

La Doctora en Ciencias María Cristina Hierrezuelo explica que “en el seno de la familia, los franceses eran obligados por la legislación española, a ponerle a sus hijos y a sus esclavos nombres autorizados y que pertenecieran al santoral católico. Ellos generalmente sustituían esos nombres por otros franceses, que le eran más fáciles y cercanos. Cuando moría una persona, muchos de sus descendientes se habían registrado en documentos oficiales no con el nombre que aparecía en la fe de bautismo, sino con el que eran conocidos en el seno familiar. Por supuesto que esto creaba una dificultad en el ámbito legal. Para solucionarlo, uno de los familiares debía esclarecer la situación planteando lo que acabo de decir, que en el seno familiar, por una cuestión de comodidad, o tratando por todos los medios de acercar el nombre español al que ellos tenían, los franceses acostumbraban nombrar a sus descendientes con el nombre que más cómodo le era. Sucedió lo mismo con sus esclavos. Es impresionante”

La estudiosa de la huella francesa en Cuba sentencia que es “impresionante la relación de esclavos que pertenecientes a amos franceses, aparecen no con el nombre registrado en la fe de bautismo, sino con el nombre con que eran identificados. Por ejemplo, un esclavo que era llamado Raymundo, los amos lo reconocían como Edmund. Los amos solían llamar a sus esclavos, cuando tenían el mismo nombre, según la edad o el momento en que llegaban a la dotación. María Segunda podía ser la segunda en llegar a la dotación o la segunda en nacer. En muchas oportunidades esa denominación que les ayudaba a identificar a sus esclavos la ponían no en español, sino en francés. El hecho de que en una misma dotación existiesen esclavos con nombres en español y otro con nombres en francés, dice que los que están en idioma español fueron adquiridos y los que están en idioma francés, nacieron al lado del hacendado, o fueron comprado por el hacendado primero y por tanto los identificaba en francés. Lo mismo ocurría con los apodos franceses que eran asignados a los esclavos”.

Desde el punto de vista del habla, los hacendados franceses mantuvieron en Cuba los nombres de su idioma materno, quizás porque no aprendieron el español, aunque otros investigadores apuntan a que era una franca evocación y recreación de su tierra natal.

Los hacendados cafetaleros franceses nunca olvidaron la tierra donde nacieron. Ese sentimiento los hizo traer a la nación caribeña sus costumbres, su cultura y sus objetos más cercanos.

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