Una de las maneras o recursos que emplearon los cafetaleros franceses a su llegada a Cuba, a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, para traer el ambiente doméstico de la nación europea a sus fincas y haciendas en la nación caribeña, fue la importación de plantas, vinos, libros y otros objetos de su cotidianidad, y con ello ayudaron a conformar la identidad del ser santiaguero.

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Ese afán posibilitó que los hacendados se rodearan de un ambiente natural que tenía a Francia como referente y en el cual se podía apreciar la máxima de los estos emigrantes: conjugar lo útil con lo bello, y que originó un producto final que se ha mantenido hasta nuestros días.

Según la DraC. María Cristina Hierrezuelo, en materia de objetos se conoce que, por ejemplo, en 1802 un bergantín francés llegó a puerto santiaguero con un cargamento de libros y vinos de la nación gala, que eran importados por hacendados de la zona de El Cobre y Yateras; un año más tarde, en 1803, en otro navío arribó con un cargamento para hacendados residentes en las zonas cercanas al entorno urbano, en esta ocasión con vinos, libros, muebles, especialmente unos grandes espejos como nunca antes había visto la población, con adornos metálicos y estucos dorados.

Agrega la investigadora y especialista en cultura francesa en Cuba, que en el año 1802 en otro bergantín francés llegó un cargamento de rosales que no se conocían antes en la ciudad y que estaba destinado a haciendas de la zona de El Cobre, entre las variedades que se dice causaron mayor curiosidad estaba una rosa color amarillo pálido, que era una enredadera, y otra de color rosa pálido y exquisito perfume que llamaban “bella inglesa”. En el año 1803 llegó otro navío con plantas ornamentales, frutales y medicinales, desconocidas en el país, y que venían consignadas a varios francés residentes en cafetales de El Cobre, Yateras, El Caney y de Songo, plantas que quienes conocían sus propiedades auguraban que se darían bien en suelo cubano.

En 1805, en otro bergantín francés consignado al rico cafetalero Paul Laporte llegó un cargamento de 500 posturas de un árbol de adorno al que tanto en su lugar de origen, Madagascar, como en Francia, se le conocía como Flanboyán, de esa especie, se decía que era muy frondosa, con flores rojas muy vistosas en primavera, “y tal y como se aclara en la fuente donde extraje la información, se trataba de los primeros árboles de lo que es hoy conocido en Cuba como Framboyán”.

En materia de emigrantes, resulta muy difícil dilucidar cuánto queda, de la tierra natal, en la vida de estas personas. En el caso de los colonos franceses, llegado a Cuba a finales del siglo XVIII y durante el XIX, esta problemática encuentra un aliviadero en su afán de reproducir, de cierta forma, la vida de estos en la nación europea.

Tal fue la impronta, que encontró ecos en los viajeros y cronistas que visitaron la parte oriental de Cuba, fundamentalmente.

Según la DraC. María Cristina Hierrezuelo, “Samuel Hassar habló, por ejemplo, de la belleza de los jardines y de la calidad de las frutas, especialmente de las fresas que se cultivaban en el cafetal Monte Verde ubicado en Yateras Arriba. Sobre ese asunto, más recientemente, en pleno siglo XXI, el historiador guantanamero Ismael Alonso Coba, ha expresado lo siguiente y cito «la preparación de los cafetales es otra experiencia que dejó su huella en el campo guantanamero, la búsqueda constante de sombra para el café, con la presencia de árboles frutales: cacao, plátano y los hermosos júcaros, fue y es una excelente enseñanza para nuestros caficultores, la belleza de un campo de café con sus árboles florecidos es uno de los paisajes más espectaculares y eso se lo debemos a los franceses.»”.

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