Las ágiles manos van de un lugar a otro, rápidas, inquietas. Los largos años de práctica en el taller de sus padres se evidencian en cada movimiento, corte y detalle curioso que imprime a sus piezas. En ellos radica el éxito de su trabajo, y el joven Rubén Campos Ruiz lo sabe muy bien mientras me invita a verlo trabajar.

Hijo de fundadores de la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas (ACAA) de Trinidad, lleva el arte en la sangre. De pequeño ayudaba a su padre y hacía sus cositas, pero no fue hasta su graduación de la escuela de Instructores de Arte en Sancti Spíritus que se dedicó “en serio” a la profesión. Allí —confiesa— adquirió habilidades y conocimientos que le han ayudado a perfeccionar su técnica y darle un nuevo enfoque a su obra.

Sin embargo, no fue entre sus aulas y pasillos donde adquirió la habilidad de manejar con total soltura el metal e hilvanar las más increíbles formas. Esa, como buen “hijo de gato”, la adquirió de sus padres y se siente orgulloso de continuar la tradición familiar.

“En un principio trabajábamos lo que era la orfebrería, pero después, por razones económicas, pasamos a la artesanía, que me gusta más. Además, el cliente que busca piezas en oro y plata, más que en el trabajo del artista, se interesa en el valor del material. Ahora las personas compran mi trabajo y ese es mi termómetro profesional”.

Sus piezas, desarrolladas con la técnica de la filigrana o tejido fino de alambre combinado con semillas y otros materiales, gozan de gran aceptación y son solicitadas por visitantes y residentes de Topes de Collantes, donde se encuentra ubicada la tienda de artesanías de su familia.

“Empecé a trabajar con ella mientras cumplía mi servicio social como instructor de arte aquí en Topes, pero poco a poco me incliné más por la artesanía heredada de mis padres”. Desde entonces, pendientes, collares y mosaicos de su autoría han viajado por Cuba y el mundo.

DEL CAFETERO AL CAFÉ

En 2007, y como parte de la reconstrucción de la Casa del Café de Topes de Collantes, se erigió un punto de venta especializado en este fruto y sus distintas preparaciones. La familia Campos Ruiz se encargó de la decoración del local y, en compensación, la entonces Oficina de Producto Turístico del complejo le cedió el espacio adyacente que ocupa su tienda El Cafetero.

Además de este local para la venta de artesanías, la familia continuó con su proyecto comunitario Tejiendo tradiciones que desde hace siete años enseña a niños y niñas de las escuelas cercanas el arte de tejer con fibras naturales como el guaniquiqui —bejuco típico de la zona—, entre otras habilidades manuales. Inmerso en estas tareas, el joven Rubén comenzó a identificarse con un nuevo material para sus curiosas obras: los granos de café, aunque no por iniciativa personal.

“Se lo vi a unos amigos mexicanos que vinieron de visita y me mostraron el trabajo que hacían con ellos. A pesar de vivir rodeado de cafetos nunca se me hubiese ocurrido usarlos si no hubiera visto sus macramés y collares. Solo entonces me puse a trabajar y compuse mis pendientes. Hasta ahora a la gente le gustan mucho”.

Sin embargo, a pesar de vivir, trabajar y degustar a diario el fruto de los cafetos que crecen por doquier en tierras topeñas, para su arte debe utilizar el café industrial que se expende en los centros comerciales de la ciudad. En la serranía espirituana se cultivan tres de sus variedades para uso comercial: la robusta, ibérica y arábica; pero el joven artesano no puede aprovecharlas como desearía.

“En mi trabajo no influye la variedad sino el tipo de tueste al que se sometan los granos. Los utilizados en mis piezas deben haber recibido este proceso de forma industrial, independientemente del lugar de procedencia o la variedad. Los granos tostados de esta forma adquieren una tonalidad uniforme muy distinta a la resultante del tueste criollo, que al realizarse en un caldero tiende a quemar unos más que otros”.

Solo alambre de cobre, unos pocos granos de café y algún que otro detalle componen la obra, pero detrás de cada ejemplar está también el trabajo milimétrico y paciente del artista. Ese, unido a la práctica constante y su insaciable curiosidad le permiten ensamblar a toda máquina las diminutas piezas que antes cortó y dobló con especial cuidado. “En esos detalles radica la belleza de cada una, las hace únicas”.

Amante de montar bicicleta por las empinadas lomas que lo vieron nacer hace 25 años, y de la naturaleza que cada día le permite crecer como artista e inspira cada una de sus piezas, no cree haber encontrado aún la técnica que le gustaría desarrollar en un futuro como elemento distintivo en su carrera, pero —por lo pronto— se siente a gusto dejando volar su imaginación con cada vuelta de alambre, combinación de colores y granos de café que escoge para sus creaciones.

Escrito por Aileen Infante Vigil-Escalera y publicado en Cubahora

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