Aguarda por las visitas

con su juego de tacitas

de café y su cafetera.

Cuando me sirve parlera

la infusión imaginada,

su cortesía me agrada

y quedo como embriagado

con el aroma inventado

de un rico café de nada.

CATARSIS DEL ABUELO (fragmento)

El Indio Naborí

Son las cuatro de la madrugada y ya se siente el cantío del gallo. El olor a rocío todavía se respira en la atmósfera fría y húmeda, pero un olor delicioso interrumpe la rutina natural: el del café.

El jarro de agua con azúcar hirviendo a borbotones en el fogón de leña improvisado, se vierte en el colador de tela con el polvo y sale el bien llamado néctar negro de los dioses blancos.

Del grano al buchito bien caliente

En las montañas santiagueras, sobre todo en las de Contramaestre,  Tercer y Segundo Frente, es frecuente encontrar grandes cafetales o simplemente algunos cafetos en patios de los campesinos.

Pero muchos encuentran mejor su sabor y textura si lo preparan como sus antepasados.

En los secaderos, algunos, parecidos al de los franceses, quienes introdujeron el grano a Cuba, se descascaran con algún rodillo fuerte y hay quienes se auxilian hasta de sus propios pies.

Lo tuesta sólo quien sabe. El grano tiene que llegar al color exacto sino sabe a quemado,  y el secreto es echarle un poquito de azúcar parda.

Para llevarlo a polvo mejor que un molino, todavía algunos prefieren usar el tradicional pilón.

De ahí, sin modernas cafeteras, con un colador de tela se prepara el líquido negro y en jarro, bien caliente, se degusta en las mañanas bien temprano y en las tardes preferiblemente.Y no existe casa campesina,  en la que no se le brinde este delicioso líquido al visitante.

Muchos guajiros lo creen medicinal  y lo recomiendan para algunas afecciones, como el café con salvia para la ronquera, con limón para “cortar el catarro”, un buchito bien fuerte y amargo  mejora la digestión, y ligado con la yema de huevo se puede preparar un ponche para levantar las defensas del organismo, al menos, así lo creen muchos.

Otros lo prefieren mezclado con aguardiente en tiempo de guateque como una bebida “que pone a bailar hasta un muerto.”

Un extranjero aplatanado

El café no es oriundo de la Isla. Lo trajeron los inmigrantes franceses que se establecieron aquí después de la revolución antiesclavista en Haití, a finales del siglo XVIII, y que descubrieron excelentes tierras montañosas para su cultivo. De ahí permanezcan algunas ruinas de las haciendas cafetaleras de entonces, hoy indiscutibles reliquias que el tiempo conservó para la historia como La Isabelica, en la Gran Piedra, muy cerca de la ciudad de Santiago de Cuba.

En poco tiempo el café se convirtió en uno de los renglones comerciales de nuestro país. Es un producto codiciado y saboreado por cada habitante, y también se encuentra en poesías, canciones y dichos populares. Junto al tabaco y al ron, el café constituye una trilogía de sabores  que deleita a personas de todo el mundo.

Esta infusión, cubana por adopción, es símbolo de su pueblo, y las mañas para prepararse son varias, pero sin dudas, el café del guajiro tiene un sabor especial.

Tomado del blog Muchas Cuba en una Cuba

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